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Marta Gómez: El Arma de la Alegría

29 may 2025
3 min de lectura

Eran aproximadamente las 15:30 cuando me subí al metrobús en la estación Las Américas y en mi cerebro no dejaba de repetirse una y otra vez:


Musiquita que se me sale del alma a mí

con palabras que alguien me dicta desde otra voz,

ritualitos que inventa... ¿o que tiene?,

¿y si la cago y canto que "inventa" y es que "tiene"?

ya valí madres; uno para vivir... ¿qué seguía?

a ver, tranquilo, vuelve a empezar...

Ritualitos que se me salen... No.

Ya valió madres.


Fue llegando al transbordo de Etiopía cuando me di cuenta que yo era un estafador, un impostor, un pseudo-cansautor escondido atrás del disfraz de un idiota con calvicie; un hipócrita por haber hecho tanto desmadre sabiendo que ni yo, ni mis canciones, merecíamos estar a un lado de la gran-diosísima Marta Gómez. O por lo menos así me sentía.


Por supuesto que iba con cinco horas de anticipación al concierto porque estoy loco y porque no habían bastado las horas de ensayo previas, yo quería ensayar más, porque siempre quiero más de todo cuando me siento miserable. Así que llegué al Jardín Pushkin y me tardé unos 20 minutos en encontrar una banca para sacar mi guitarra y ponerme a cantar.


Creyendo que mis compas de la policía de la canción me iban a arrestar eventualmente por mis rolas excesivamente desabridas, canté y canté. Canté un chingo las mismas cuatro pinches rolas al grado de ya no tener ni idea de por qué dicen lo que dicen, se me olvidaban las letras, me dolía un chingo la cabeza y la garganta, el pánico estaba culero. Le escribí a mis compas diciéndoles que estaba colapsando, pero dando el rol me di cuenta que era solo el bicho de la incertidumbre, así que me lancé directo al Foro del Tejedor.



Cuando llegué al foro y vi a Marta, valí madres; recordé esa vocesita que por ahí del 2005 escuché diciendo: "el que nace chicharra muere cantando", y yo, con esos cortos 11 años, sin saber muy bien por qué, me quebré. Ahí estaba esa voz, nítida y viva, en frente de mí.



Por supuesto que pensé un chingo de cosas en el momento en el que me saludó; que si le iban a gustar mis rolas, que si yo ya andaba oliendo a sudor o nel, que si se había dado cuenta de que muy probablemente no iba vestido ad hoc a la ocasión, que si algún día me iba a volver a invitar, que si en algún momento íbamos a poder cotorrear sobre la vida, sobre sus canciones, sobre Colombia o sobre la comida de mi país, yo qué sé. Pero sentí bien de repente un putazo de realidad que me aterrizó en un estado de gratitud bien perra. Pura, cruda, verde y completa gratitud.


Porque me acordé que conocer a Marta no tenía un propósito mayor que el de simplemente conocer a Marta y regalarle a ese niño abandonado y confundido que algún día fui la posibilidad de sentirse acompañado, aunque sea por unas horas, de quien le otorgó muy indirectamente el primer permiso de cantarlo todo y defender para siempre ese canto. Ahí estaba mi niño nervioso, sentado en una esquina del teatro, volteándome a ver con cara de asombro como si Spider-Man hubiera entrado por la puerta de la fiesta: era la Marta super-heroína, la Marta del "Hormigueo", la Marta que supo entender a Lorca y después regalárnoslo, la Marta que nos enseñó que la revolución está en las infancias.


Musiquita que se me sale del alma a mí

con palabras que alguien me dicta desde otra voz,

ritualitos que tiene uno.. (ya desafiné, pero ¡ah, qué pinches feliz estoy!)

para vivir... (¡estamos cantando con Marta Gómez, mi niño!)

para seguir cantando bajo este sol, (me van a grabar y me veo feo)

y cuando menos piensas (da igual, no mames) las razones... (¡qué regalo, Cheba!)

brotan como verdades iluminando mi corazón.


Gracias, Marta, estuve muy nervioso y desafiné, pero me la pasé muy hermoso.

Gracias por leerme.














 
 
 

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